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Entrevista a Jali

Por Iñaki Gutiérrez

 

Portada de 'Pl*Xi*Gls' (Astiberri)

Jali no es un nombre tan extraño: es el acrónimo por el que responde desde su más tierna infancia José Ángel Labari, un autor con una obra tan dispersa como interesante, desperdigada a lo largo de los últimos 10 años. Desde sus tiempos de estudiante de Bellas Artes, hasta ahora, Jali (Pamplona, 1977) ha ido creando un mundo tan personal como coherente. Combina con inteligencia ingredientes como son el gusto por el cuento clásico, los niños, la poesía tamizada por un tierno humor negro y un grafismo de sabor propio -identificable al primer golpe de vista- que bebe de diversas fuentes. Más narrador que dibujante, cada nueva obra de Jali es un paso hacia una madurez cada día más cercana.
En la próximas semana Astiberri publica Pl*Xi*Gls, su más reciente y extensa obra, que comentamos personalmente con el autor.

¿Cómo surge Pl*Xi*Gls
Es una historia que viene de lejos, de cuando estudiaba Bellas Artes, desde que hice Billete de Ida al Espacio (Amaníaco, 1999). Hice un dibujillo de una especie de versión moderna de El Hombre de Hojalata, de El mago de Oz. Era un “hombre nevera”, y empecé a darle vueltas a un cuento en el que diferentes personas conocen a una chica, con otro personaje con su cabeza asomando de la taza de un inodoro (risas), pero aún no lo tenía claro y lo dejé pasar. Ahora había llegado el momento de hacerla. En principio es una historia normalita, con personajes un tanto extraordinarios en un mundo muy particular.

¿Cómo te enfrentaste a ella?
Me daba miedo hacerlo, pensaba que era una paranoia mía, que iba a quedar muy rara y a lo mejor lo que quería contar no iba a entenderse. Deseaba acercar lo especial a la cotidianeidad. No quería parecer pedante o incluso hortera; es una historia de personas y sentimientos, con personajes inusuales. Lo último que quiero es que al acabar de leerla, alguien se preguntara qué narices ha leído. Creo que al final lo he conseguido. 

¿Que esperas de la gente que lo lea? 
En principio me gustaría que gustase. Y que la gente lo comprara. Teniendo en cuenta el mercado español, no busco grandes éxitos, al final lo haces un poco por amor al arte. Me lo tomo un poco con humor, para no deprimirme. Prefiero plantearme metas pequeñas, aunque estoy encantado con que Astiberri saque el tebeo, claro. 

¿Cuánto tiempo te ha llevado? 
Entre una cosa y otra un año en total. En principio pensaba en unas 80 páginas, pero a medida que iba dibujando la historia, se me ocurrían ideas, situaciones, momentos, y tuve que llamarle a Fernando Tarancón, el editor, para decirle que serían unas 150 páginas. El final estaba más o menos cerrado, pero el recorrido no. Había momentos en que me preguntaba dónde me había metido. Está el astronauta, la ciudad, los sabios… y como tenía espacio, podía desarrollar más las situaciones, los personajes, etc. Como todo el mundo, hago un poco los cómics que me gustaría leer. Al final es una historia muy normalita, con una chica y tres chicos, a los que les pasan cosas, rodeados de algunos secundarios. 

Das mucha importancia a la planificación de la página, al ritmo, más que al dibujo en sí. 
Como dibujante me defiendo para contar la historia, que es lo que me interesa. Me fijo más en la planificación, buscando efectos y sensaciones. Me gusta que cada uno se monte un poco su película, y que cada uno, ante lo que le cuento, reaccione a su manera, sin darlo todo mascado.  Técnicamente uso rotulador de punta fina, no tengo paciencia para el pincel o la plumilla. 

¿Hubo alguna influencia familiar a la hora de cultivar tu gusto por el dibujo, o surge un poco por “generación espontánea”? 
En mi familia no hay ningún antecedente “artístico”; lo que sí recuerdo era leer tebeos, como todos los niños. Devoraba Mortadelo, Tintín y Astérix. Recuerdo cuando estaba enfermo en la cama, los típicos catarros infantiles, pasarlos con un Mortadelo. Las carcajadas eran tremendas. Aún hoy me gustan mucho aquellos tebeos. También recuerdo subir a casa de mi vecino a cambiarnos tebeos. Leía todo lo que pillaba, superhéroes, de todo. 

Luego estudias Bellas Artes. 
Sí, entre 1995 y 1999, en Barcelona, que es donde vivo. En aquella época empecé a publicar las primeras cosillas, de humor, publicados por Camaleón. Era aquello de Los muñecos de fimosis, junto a Valentín Ponsa, con un estilo mezcla de Bruguera y Mondo Lirondo. Colaboraba con Ricardo Peregrina, el de Hermi y Max, aquella parodia de Epi y Blas. 

¿Cuándo cambias a este estilo más personal y reconocible? Creo que fue con Billete de Ida al Espacio (Amaníaco, 1999)? 
Más o menos. Fue cuando me enfrente a hacer una obra en solitario. Me apetecía y me salían historias más intimistas y donde este tipo de dibujo, influenciado por la preciosa Pesadilla Antes de Navidad de Tim Burton junto a gente como Javier Olivares o Sequeiros, me resultaba más cómodo y adecuado. Yo quería hacer cómic, y recuerdo estar en clase de dibujo y comentarle al profesor de turno mi interés en ello. Este me miró con cara de bicho raro y me dijo: “¡Pero si los cómics se leen en el váter!” y pensé: “¡Coño! Y El Quijote si te lo llevas al váter…”. Es una mentalidad que no me gusta nada. Creo que en Francia está mucho más reconocido el tema, como pude apreciar en Angoulême. 

Luego fueron llegando, poco a poco, Igor Mortis (Undercomic, 2000), El niño miope… (Dobledosis, 2002) y A Berta le atormenta la tormenta (Dobledosis, 2003), hasta el accésit del concurso del Injuve y las colaboraciones en Tapa Roja (Sinsentido, 2003) y Tos. Casi todas son historias en la misma línea, como cuentos de una ternura tenebrosa, por etiquetarlo de alguna manera, con un grafismo muy definido. 
Diría que son más tiernos que tenebrosos. Son tebeos que están ahí, con tiradas reducidas, pero que me hizo mucha ilusión poder publicar. A lo mejor la más dura es Igor Mortis, pero las demás son más infantiles, más ingenuas quizás.  Tapa Roja me pareció interesante para ver cómo diferentes autores resolvíamos un mismo texto. 

Dos curiosidades de estos tebeos: Ramón, el mayordomo, y Mikael Cönrad. 
Bueno, Ramón aparece en dos historias que no tienen nada que ver, pero me parecía gracioso repetir el mismo personaje, ya que en ambas necesitaba un mayordomo. Lo de Cönrad es obviamente una invención, un recurso clásico o trillado pero divertido. Quería dar un cierto aire de tradición al tebeo. Mi abuelo, Conrado, trabajaba en el cine Mikael. Incluso la foto del autor es él. La supuesta ilustradora, Aidil, es Lidia al revés, la persona a la que le dedico Plexiglás. 

¿Qué proyectos de futuro tienes? 
Estoy introduciéndome en la ilustración infantil, a color. He hecho trabajos para instituciones como la Generalitat, y he presentado algo a editoriales para ilustración de libros infantiles.  También hay una idea de cómic a color con Malaria, la niña que aparece en las historias de Tos, pero aún hay que darle muchas vueltas y ver su viabilidad. La verdad es que la ilustración es algo mucho mejor pagado. Tiene mucho más reconocimiento profesional ser “ilustrador”, que “dibujante de cómics”, y es algo  que no entiendo y me da mucha rabia. A ver si mejora el tema. 

Entrevista realizada por Iñaki Gutiérrez y publicada originalmente en la revista Trama #34 (Astiberri, septiembre de 2004). Cedida por Gutiérrez para su publicación en Guía del cómic. La entrevista ha sido editada para Guía del cómic a partir de la transcripción original, por lo que es ligeramente distinta a la versión publicada en papel (incluye, por ejemplo, una pregunta que finalmente no apareció en la versión impresa).