comparte





explora

autores

entrevistas

contacta

e-mail

Twitter

Facebook

 

Entrevista a Mauro Entrialgo: Peter Pan contra el tedio

Por Borja Crespo (*)

Mi cabeza es tan grande porque está llena de sueños”. Con esta brillante frase se define El Hombre Elefante en la conocida película de Lynch. ¿La deformidad de su rostro es consecuencia del exceso de ilusiones que no encuentran salida o de los monstruos que no puede expulsar de su mente atormentada? ¿La imaginación puede producir frustración y locura cuando abunda y no se canaliza?
     Mentes inquietas hay muchas, pero no todas pueden presumir ni gozar de una buena vía de escape. Las ideas fluyen, creando un universo que necesita expandirse, como en el caso, casi psiquiátrico, de Mauro Entrialgo (Vitoria, 1965). Su trayectoria es un buen ejemplo de una estirpe de creadores que dividen sus energías entre varias disciplinas. “En realidad lo que hago es contar historias y, según el tipo de encargo, elijo la que me parece que encaja mejor en cada medio”, comenta mientras rehuye de la etiqueta de artista multimedia.
     Conocido principalmente por su labor como dibujante de historietas (Herminio Bolaextra, Tyrex, El Demonio rojo, Alter rollo, La Escalera, Recortes de hostias, Deja Vu), también ha paseado sus trabajos por galerías de arte, rasca la guitarra con el grupo Esteban Light y ha escrito guiones para cine (Gente Pez), animación (Cuttlas, spots de la FNAC y La 2), televisión (Calle 13, Paramount Comedy) y teatro (Herminio y Miguelito, 30 millones de gilipollas, No hay huevos, Se empieza por los porros), convirtiéndose en un interesante cronista de su época. Además, su casa, y lugar de trabajo, se asemeja a un planeta imaginario, fiel reflejo de todas sus pasiones. Las paredes están decoradas con parte de su obra, toneladas de juguetes, tebeos y objetos curiosos que convierten la vivienda en un auténtico museo del lado más absurdo de la cultura popular.
     Penetramos en los dominios del demiurgo Entrialgo, un paraíso artificial donde pueden olerse los calcetines de Peter Pan. Nada más entrar, cientos de coloristas expendedores de caramelos nos miran de frente. Es el ejército de la basura pop, iconos idolatrados que custodian el palacio de la infancia recuperada. Comienza nuestra charla sobre su obsesión por los amigos de plástico, los juegos electrónicos y otros signos de combate contra el doctor tedio. En definitiva, sobre las influencias de su obra.

¿Como nació esa obsesión por coleccionar muñequitos de PEZ?
Me atraen los juguetes que representan personajes de otros apartados de la cultura popular, y los dispensadores de caramelos PEZ son uno de los primeros productos que comenzó a explotar con continuidad este tipo de mercado, que se suele llamar merchandising, sin el que ahora es impensable el lanzamiento de cualquier obra de ficción de gran alcance. Además, su pequeño precio y el entretenimiento que conlleva la dispersión de sus diferentes modelos por países y épocas diferentes, los hace material muy atractivo para coleccionar.

Sentado en el salón, me siento observado por la mirada de impagables robots de hojalata, un superhéroe hinchable, de cuyo nombre prefiero no acordarme, y varios peluches de personajes con el apellido Playstation. Parecen descansar de su última batalla.

¿Y esta manía de coleccionar juguetes?
En realidad no colecciono juguetes, sólo colecciono, y no demasiado compulsivamente, algunos de ellos, como los dispensadores que hemos mencionado, muñecos de mascotas comerciales, muñecos de personas reales o huchas que se accionen con monedas. Lo que pasa es que soy un acumulador que no tira casi nada y los juguetes son algo muy vistoso. Además me interesan por lo mismo que me interesan las obras artísticas: son objetos concebidos desde su primer momento como algo que no vale para algo práctico. Sólo para disfrutar con ellos.

¿Padeces el complejo de Peter Pan?
Puede ser, pero no considero que sea más propio de adultos seguir la liga de fútbol y todo el demencial mundo que la rodea que, por ejemplo, interesarme por el año de producción de una marioneta de los Thunderbirds.

¿Matar el niño que llevamos dentro es un paso hacia el aburrimiento?
Un paso hacia el aburrimiento y la alienación es hacer aquello que se espera que hagamos en un momento determinado. Si uno detesta los juguetes y le gusta conducir, pues me parece de puta madre que haga lo que le dé la gana y mate al niño que lleva dentro. Pero si al cumplir los dieciocho se saca el carnet de conducir y vende los geipermanes sólo porque eso es lo que se espera que haga alguien "normal", está dando un paso hacia la frustración.

Pero añoramos el tiempo pasado y la inocencia perdida, aquellos maravillosos años...
Sí, pero exaltarlos en exceso es peligrosísimo. Mi interés por materiales culturales que suelen estar más cercanos a los niños tiene un componente de nostalgia muy pequeño. Disfruto lo mismo con Jak and Dexter de la Play 2 que con el Knight lord del Spectrum, porque los dos videojuegos me parecen muy buenos. Me da igual que el primero apareciera el año pasado y el otro hace veinte.

Quizás la idea de madurez está mal entendida.
En occidente, en los medios generalistas, por completo. Creo que sólo en reductos como los que habita la gente relacionada con el mundo del arte contemporáneo o la cultura popular, por ejemplo, se mantiene una actitud vital de curiosidad hacia cualquier aspecto de la existencia, sana duda de todo lo presentado como inamovible y falta de miedo a ser considerado raro o inmaduro.

Mientras intento no dar importancia a los cientos de ojos sin vida aparente que me vigilan, contemplo obnubilado, entre palabra y palabra, los cientos de libros, cómics y cintas de video que forman un castillo de sueños a nuestro alrededor. No puedo evitar indagar en el templo de la diversión que me acoge en su seno.

La casa está decorada con objetos fetiche. ¿Es un planeta imaginario donde te refugias de la cruda realidad?
No exactamente. Más bien, cada objeto que me rodea contiene para mí un momento concreto de mi existencia. Y no necesariamente agradable. Así que no me refugio de la realidad. Lo que sí consigo es rodearme de algo más que la realidad del presente inmediato. Soy de aquellos que creen que el pasado no existe. Existe en el presente.

¿Qué es para ti la cultura basura? Está muy presente en tu obra.
Algo así como encontrar interesante intelectualmente -es decir, verles su lado divertido, aleccionador o social- a productos populares cuyas intenciones originales no lo eran. La cultura basura viene a ser al consumo, lo que el kitch al gusto. Disfrutar de Gran Hermano siendo consciente de que es una puta mierda es ser aficionado a la cultura basura, pero verlo todos los días porque no tenemos criterio para ver otra cosa, es ser un idiota.

Para algunos un robot de hojalata es más atractivo que una figurita de Lladró, pero no es la filosofía más extendida. ¿Vivimos una dictadura del gusto?
Ahí entra la moda en juego. Y la moda se va fabricando desde los medios. Un sofá hinchable hace unos años era considerado una horterada por la gente en general. Hoy, después de aparecer en muchas películas y anuncios, ya se venden sofás hinchables hasta en El Corte Inglés.

Según sueles contar, eres un fanático de las copias mal hechas de juguetes conocidos.
Sobre todo si son copias de personajes famosos. Me fascina esa mezcla de lo más cool que supone querer poseer un producto licenciado y, al mismo tiempo, comprarte la copia más cutre de ese mismo producto.

A veces es más divertido lo mal hecho, ¿no?
Depende. Me puede hacer mucha gracia cómo les engañaron al Banesto cuando les vendieron en los ochenta esa cutrez de logo que imitaba al de la Caixa de Miró, pero si yo hubiera sido el mandamás de ese banco hubiera encargado uno decente. Para mi nuevo grupo, que se va a llamar "Culo", tengo unos bocetos mal hechos con un Carioca que no pinta. Realmente a mí me gustan mucho a pesar de eso, de que están hechos con el culo.

El lado más absurdo de nuestra civilización es una de tus mayores fuentes de inspiración.

Aquello que considero ilógico me trastorna y, hasta el momento, la única terapia efectiva que he encontrado para quitarme de la cabeza ese trastorno es comunicar a los demás mis consideraciones, ya sea en forma de historieta, teatro, escrito o lo que sea.

Las aficiones de Mauro se extienden a su obra. Las influencias son claras. Uno de sus trabajos artísticos decora su cocina: un montón de pistolas espaciales pegadas en la pared. El sentido del humor es una característica aplicable a todas las facetas de su carrera.

Agitaste al personal con una exposición donde podían verse diversas imágenes de carácter pornográfico echas a ganchillo.
Sí, en concreto eran mamadas a punto de cruz. La idea era reflexionar sobre mundos contrapuestos: la inmediatez de la imagen pixelada extraída de internet con su laboriosa reproducción manual, lo masculino y lo femenino, el arte y la artesanía, lo considerado respetable con lo que no, etc. Pero también había algo de cachondeo, claro.

¿Consideras al mismo nivel artístico tus cuadros y tus historietas?
Claro. Hay niveles y niveles, independientemente del medio que haya escogido. O sea, que tengo cuadros e historietas flojos y cuadros e historietas mejores.

¿En qué se diferencian sus intenciones?
Normalmente, tengo una marcada intención narrativa en todo lo que hago, incluidas mis incursiones en lo que se puede llamar arte oficial. Sólo he dejado de lado esa intención en mis composiciones instrumentales y en mis cuadros no figurativos. Y aun así, siempre acabo dándoles títulos muy narrativos. Jamás he pintado un cuadro "sin título", ni una canción titulada "composición nº tal".
Mauro cuenta en su abultado currículum multidisciplinar con exposiciones individuales ("Centro de recursos culturales de la CAM" en Madrid, galería Purgatori II en Valencia, galería "Casa Ubu" en Vitoria) y ha participado en multitud de proyectos colectivos ("Enseña tus heridas", "La montaña viaja", "Arte y electricidad").

¿Exponer en galerías de arte te eleva como artista?
Puede variar la consideración externa de tu trabajo. A mí me la suda ver algo interesante en una galería o en el suelo de un váter, pero es cierto que la exposición de una obra en una galería puede captar mejor la atención del ojo menos curioso.

¿Te gustaría profundizar más en este campo?
Gracias a que me puedo ganar la vida en otros campos, no necesito que mis proyectos artísticos tengan una viabilidad comercial. Eso hace que pueda hacer creativamente lo que me de la gana, pero, al mismo tiempo, imposibilita que me dedique más intensamente a ello. Me gustaría profundizar en todos los campos que sólo he rozado, como el arte y la música, pero sin repercusión económica es imposible.

¿Qué corrientes artísticas te interesan más?
En principio, creo que a estas alturas sólo tienen verdadero sentido las obras conceptuales. Pero es que, la mayoría de las obras presentadas como conceptuales pueden ser terriblemente vacías y a la mayoría de las obras tradicionales puede buscársele un sentido conceptual más allá de su factura tradicional.

¿El arte sin humor es aburrido?
Sí, pero se puede encontrar humor hasta en las piezas aparentemente más serias.

Las drogas están muy presentes a lo largo de tu obra. ¿Ayudan a la creatividad?
A mi desde luego me resulta muy difícil trabajar habiendo ingerido alguna sustancia sospechosa. Lo que si creo es que el hecho de haber probado algunas drogas te permite ver ciertas cosas de otra manera, con distintas perspectivas, algo muy importante en el humor y en la creación. De todas formas están presentes en mi trabajo por dos razones: primero porque uno de los ingredientes de los mecanismos del humor es hablar de temas tabú, y ahora mismo las drogas lo son, y segundo porque creo que el tratamiento que recibe este tema en los medios de comunicación es irrisorio y está muy alejado de la realidad.

En tus historietas sueles criticar a base de humor muchos convencionalismos.
Sí, pero muchas veces ni siquiera intentaba ser gracioso. Sólo contaba algo en lo que me había fijado y la gente me clasificó como un historietista humorístico. Ahora, en El Jueves, hago una serie que se llama Ángel Sefija y hay algún lector que se queja en el foro de la revista porque dice que no le hace reír.

¿Por qué crees que los tebeos están mal considerados?
Es un medio que requiere para su disfrute menos preparación y concentración que, por ejemplo, la literatura, pero más que, por ejemplo, la televisión. Así que no obtiene ni el prestigio de la primera ni la difusión popular de la última.

También tienes una extensa trayectoria como ilustrador. ¿Puedes hablarnos de esta faceta?
He realizado carteles como el de la película "El ángel de la guarda", el del "Festival internacional de Jazz de Vitoria" o el de los primeros "Festimad", y centenas de portadas de discos para grupos como "Pleasure Fuckers", "Pribata Idaho" o "Patrullero Mancuso".

¿En qué medio te sientes mas cómodo?
La ilustración permite expresarse menos sobre uno mismo que cualquier otro medio más personal, pero precisamente por eso resulta mucho menos agotadora que la historieta. Encima, extrañamente, está mucho mejor pagada. Con lo cual, cuando después de varios días dedicándome a hacer historietas, veo en la agenda que tengo que hacer una ilustración, es como si viniera el recreo.

¿Con qué obra te sientes más satisfecho? Supongo que tendrás varias.
Te diré algunas: una canción: "Mi clase de 8º de EGB-A", del CD de Esteban Light, Estamos pez; una ilustración: "Arthur Conan Doyle", para un artículo de la revista Cáñamo; un álbum de historietas: Recortes de hostias, en la editorial De Ponent; un logotipo: el original de Gente pez (posteriormente modificado por la productora); una exposición de arte: El escaletri del infierno, en el centro de recursos culturales de la CAM, en 1994; una obra de teatro: Herminio y Miguelito.

Para finalizar, no puedo obviar una pregunta que martillea mi mente desde que he cruzado el umbral del museo Entrialgo. Además, entronca con lo antepuesto.

¿Cuál es tu mayor tesoro? ¿Tu mejor juguete? ¿Tu colección favorita?
No tengo cosas que valgan demasiada pasta. Pero te diré algunas piezas que veo por aquí que me gustan especialmente: una muñeca de Jessie de Toy Story 2, un muñeco de promoción de la mascota de Bic, un llavero de Petete, una figura de Gregorio Hernández (un santo católico real que va vestido como los hermanos Hernández y Fernández), un paquete de pañuelos de papel de la marca Sniff (el modelo que está ilustrado con un simpático aliénigena y ovnis), un conguito de plástico de treinta centímetros de altura, el emperador de los marcianos de Mars Atack (que, cuando le aprietas el pecho dice: "We come in peace"), una figurita de Shin Chan enseñando el pitilín, un Gizmo que toca los platillos o mi colección de figuras de terror rellenas de caramelos de la marca Migueláñez.

Mientras Mauro enumera los preciados tesoros, una extraña sensación me invade. Escucho las voces de los juguetes dentro de mi cabeza y parecen moverse. ¡Únete a nosotros! ¡Únete a nosotros! Sonrío y me dejo llevar por su diabólica magia.

---
(*) Borja Crespo (Bilbao, 1971) escribe habitualmente sobre cómic en diferentes publicaciones, especialmente en el diario El Correo, es autor ocasional de historietas (las últimas incursiones, en El Manglar y Dos Veces Breve, y Dolmen Editorial acaba de anunciar que en 2009 le publicará un volumen de historias cortas titulado Te hiero), y ejerce de cabeza visible de la organización del Salón del Cómic de Getxo.

Texto de Borja Crespo, cedido para Guía del cómic. La entrevista fue publicada originalmente en Belio #10: Especial Toys (2003). Página creada en marzo de 2009.