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Entrevista a Rubén Garrido

Por Enrique Bonet (*)

 

Portada de la edición digital
de 'Don Pablito'
realizada por el autor en septiembre de 2010.

La historieta española de los 80 no hubiera sido la misma sin autores como Rubén Garrido, un dibujante inclasificable, inconformista e inquieto, cabeza visible de la llamada entonces "escuela granadina de tebeos" y, durante un tiempo, uno de los puntales de la revista Madriz. Un autor que, desde un profundo y lúcido conocimiento del lenguaje que tenía entre manos, llevó a la historieta a zonas inexploradas que cuestionaban sus propios límites. Prácticamente desaparecido durante unos años de la escena del tebeo, su tímido reencuentro con los lectores, gracias a la reciente aparición de Don Pablito, La pulga en llamas y de su manual La historieta (para todos los públicos), nos sirve de perfecta excusa para mantener una larga conversación con él, repasar su trayectoria y descubrir algunos de sus proyectos...un ejercicio siempre estimulante que nos demuestra que Rubén todavía tiene mucho que decir y, esperemos, que dibujar.

Nota: La entrevista se publicó originalmente en la revista U, dentro de la sección "Portafolio". En dicha sección, las entrevistas se publicaban editadas de forma que solamente se incluían las respuestas del entrevistado, y se omitían las preguntas del entrevistador, para dar así todo el protagonismo al historietista. Que nadie se extrañe. Tras el texto de introducción (escrito por Enrique Bonet), a continuación vienen las respuestas de Garrido a la entrevista realizada por Bonet.

EL LECTOR DE TEBEOS
Es realmente difícil saber por qué empecé a hacer historietas. Sí fue muy importante el que mi hermano Julián leyera, comprara y coleccionara muchos tebeos, y a mí me llegaran sin ningún esfuerzo. Todos los hermanos devorábamos revistas como Chío, Gaceta Junior, Strong de Rey Ferrer, que era perfecta, genial, Trinca, Bang...y también entre el año 72-73, las ediciones francesas de Pilote, Tintín y Spirou, que extrañamente llegaban a Granada todas las semanas. Y por supuesto las revistas de Bruguera. Ver aquello con 13 ó 14 años, era un pelotazo, un descubrimiento. Para mí aquellas revistas fueron muy importantes y me educaron como lector de tebeos; allí además cabía la sorpresa, de repente se le daba a un autor la posibilidad de hacer su ida de olla particular durante los números que quisiera...echo mucho en falta eso, una revista donde puedan ocurrir esas cosas. Pienso que las revistas son al dibujante como el directo para un cantante: el libro sería el disco, la revista es como el concierto, es la que te da ese contacto más directo y continuado con el público. Y las revistas que yo leía, desde Chío hasta Trinca, iban dirigidas al público en general, no al aficionado. Era un momento distinto al que se vivió después; a partir del nacimiento de la revista Tótem, los editores se inventaron lo del aficionado al cómic, lo que creo que fue un gran error, porque un medio no vive de los aficionados a ese medio, vive del público. Actualmente las publicaciones se dirigen a eso que llaman aficionado al cómic que es, realmente, un aficionado a géneros.
     Es verdad que a finales de los setenta, a partir de Tótem, el tebeo había creado grandes expectativas en la progresía del momento, pero esas expectativas no se cumplieron. El problema fue doble: por un lado, una incapacidad para educar y explicar al público el material que venía de fuera, y por otro, que los editores españoles que produjeron material de autores españoles no supieron cumplir aquellas expectativas hacia un nuevo tipo de tebeo. Y además estaban las necesidades del propio medio, que durante muchos años había sido el rey del ocio, hasta que aparece la televisión, que es capaz de ofrecer un ocio más rápido y más barato, y el público se corre, en todos los sentidos, hacia ese nuevo medio. La historieta tenía que reaccionar ante esa nueva situación, pero ese cambio no se hizo bien. Desde entonces, los editores no han hecho más que ir sumándose a las distintas modas, sin ir dejando nunca un resquicio para la renovación. Ha sido una política de tierra quemada. Los editores no se comportan como editores, sino como público: sólo editan lo que creen que el público quiere, aunque tampoco se venda.
     Otra cosa a resaltar es el haberme educado en la historieta alejado de los centros de producción y edición. Barcelona, Madrid... las ciudades donde se editaban las revistas que leía estaban lejos. No viví el mundillo del tebeo y aparte de unas cuantas personas que sabían quien era Vázquez o McCay, el resto de nuestras amistades no tenía ni idea. Nosotros nos encargamos de que se enteraran.
     En 1979 fui por vez primera a Barcelona con mis historietas. Ver los kioscos de las Ramblas fue estupendo... el Mercado de San Antonio, visitar a algún profesional (Carlos Giménez fue muy amable) y ver su estudio fue maravilloso para el jovencillo que entonces era. Pero mi relación con el mundo editorial de la historieta fue una historia de amor imposible. A pesar de conocer a mucha gente del mundo de la historieta y ser yo conocido, sólo he llegado a publicar a nivel nacional en la revista Madriz. ¿Que cómo es esto? Pues mira, la revista Madriz era leída por gente que no era aficionada y por tanto los materiales que publicaba, cada uno con su calidad, no respondía a los estándares que pide el aficionado-maniático, alimentado por editores que no paran de ofrecer lo mismo aburriendo de esta manera hasta a los borregos (no lo digo yo, lo dice el mercado y las bajas ventas). En Madriz sí entró mi trabajo. Antes y después de Madriz contacté con editoriales de cómics y no encajaba ni a tiros. En esas revistas se obligaba a seguir unas líneas (fracasadas, porque de aquello queda bien poquito, lo dice de nuevo el mercado): que si línea clara, que si línea guarra, que si copia a Corben, que si ahora a Moebius, que si las pollas más grandes y los coños más húmedos...yo tengo una desgracia, o una gracia, sólo y con mucho trabajo, sé hacer lo que buenamente hago y cuando un editor me ha dicho que escriba burro con uve, no he sabido.
     Para muestra un botón. La revista Cairo me llamó para publicar un tebeo de dos páginas que salió en su momento en La Granada de Papel. "Mira qué bien", digo yo, "por fin voy a cobrar dos veces por un trabajo". No veas tú el lío que formaron porque el tebeo no tenía título y había que ponerle un título porque sino el lector lo veía raro, que si había que ponerle la palabra "Fin" porque sino el lector no sabía que la historia terminaba y se hacía un lío... ¡Qué triste y qué poco rentable ha sido considerar tonto a tu público! (insisto: lo dice el mercado). Para rematar la faena, sin ninguna consideración ni decirme nada, pegan sobre mi rotulado (que era perfectamente legible) unos papelitos con otro rotulado más estándar, porque ya se sabe, el público es tonto de capirote y si no era con el rotulado de siempre no se enteraba. Pues imagínate después de estas tonterías las ganas que te quedaban para ofrecerles algo.
     Por supuesto, en todas la revistas, Cairo incluída, hay buen material. No pueden evitarlo por mucho que lo intenten.

FINALES DE LOS SETENTA
Yo era un dibujante malísimo, sin facilidad ni don para el dibujo. He aprendido copiando viñetas literalmente, igual que un copista del Prado ante un cuadro de Velázquez. Pero además copiaba cambiando de estilo: "ahora quiero ser un dibujante serio", y copiaba a Foster, a los franceses..."ahora quiero ser un dibujante cómico", y copiaba a dibujantes de humor... Así estuve cambiando muchas veces, y al final lo que queda es una especie de mezcla, un híbrido, unos dibujos -me parece- de una apariencia muy vital, muy fresca, pero a la vez muy detallados y "verídicos".
     Desde que empecé a dibujar un poco más en serio -hablo de finales de los setenta, yo era un adolescente- siempre he usado la historieta para contarme a mí mismo. Y esto lo digo en todos los sentidos: hablaba de mis cosas y no me planteaba, ni por asomo, editar esas historietas -un montón de páginas que yo llamo mi tesis, que contaban sensaciones, ideas abstractas. No contaban la historia concreta de uno que se levanta y se llama de una manera y vive en una casa reconocible. Hacía una narración abstracta. No hablaba de la soledad de un protagonista concreto, hablaba, normalmente en historietas de una página, de la soledad o de otras cosas de adolescente, de una forma general. En ese momento no había nada de eso, ningún referente, así que tuve que inventarme una forma de narrar. Usaba la historieta porque era lo que tenía más a mano.... Y trabajaba con materiales naturales para mí: bolis y rotuladores. La plumilla la utilicé más tarde y más o menos conseguí defenderme, pero a años luz de aquellos para los que la plumilla fue el instrumento que utilizaban de pequeños en el colegio. Lo mío, como te digo, eran los bolígrafos.
     Conocer por entonces a Carlos Hernández fue también importante. Los dos escribíamos, dibujábamos, hacíamos tebeos a nuestra manera, nos gustaba el humor. Hicimos juntos Al Trote, una sátira del Mundo del Arte. Ocho páginas que nos llevaron un año y pico, hasta terminarla en 1979.
     Los primeros tebeos que publiqué eran tebeos de barrio, con guiones de las asociaciones de vecinos para contar sus problemas. Me metí en un grupo en el que conocí también a Pepe Tito, y donde también estaba mi hermano Julián -de ahí surgió "un equipo andaluz de tebeos, (f.d.)"-. Pero a la vez que hacía tebeos sociales, muy conectados con la realidad y los problemas de la calle, yo continuaba con mi otra línea mucho más intimista.

1980/1985
Después del equipo seguí yo solo realizando encargos, sobre todo institucionales, en los que seguía utilizando el tebeo para contar temas ciudadanos, laborales, urbanísticos, de salud o de educación. Yo he entrado en la publicidad por medio de la historieta. Estos primeros folletos que hacía eran tebeos adaptados al formato del folleto. Los formatos son otra cosa que siempre he tenido muy en cuenta. Poco a poco, estos primeros tebeos publicitarios han ido evolucionando hasta la actualidad, donde sigo utilizando recursos de la historieta sin que el resultado definitivo sea una historieta convencional. Lo que sí es, es una narración gráfica en el sentido en que hay un principio y un final.
     En 1983 montamos un estudio entre Paco Quirosa, Joaquín López y yo. Trabajábamos juntos y por separado en tebeos y diversos encargos. Por aquel estudio pasaban los jóvenes dibujantes de entonces, entre ellos tú mismo, Enrique. Nosotros ya éramos los "mayores" y los "profesionales", pero ni éramos mayores ni éramos profesionales en el sentido de publicar continuadamente. Nos tocó ese papel.
     Por entonces abandoné mis tebeos "abstractos" y empecé a hacerlos con una factura más estándar. Me paso a la plumilla y ya no la abandoné hasta la etapa del "manchurrón". En ese estilo más tradicional publiqué (en la guía del ocio Gong) una tira semanal, El Gato. Luego salió la Granada de Papel [1985], una publicación dirigida por José Tito y editada por el Ayuntamiento de Granada. Era el Madriz de Granada. Don Pablito (1985) fue un suplemento de tebeos de otra guía (Granada en mano), en la que publicábamos Ozeluí, Carlos Hernández, Joaquín López Cruces, Paco Quirosa, Jóse Tito y yo, que también dirigía el cotarro. Teníamos un contacto con el público, público que no era aficionado al cómic: era el público. Duró 16 semanas y no vimos un duro, pero nos lo pasamos muy bien. Don Pablito, aparte de dar nombre al suplemento, era un personaje que luego retomé en 1994.
     Por esta época, enero de 1984, empecé a publicar en Madriz.

LA MILI EN MADRIZ
Yo hice la mili en Madrid en 1982 y allí conocí a Felipe Hernández Cava, que por entonces era el guionista de El Cubri. En nuestras charlas yo le contaba que me gustaría hacer una serie sobre la mili, pero no desde una óptica reivindicativa ni social, porque yo ya daba por entendido en aquel entonces que la mili era inservible y que así era asumido por la mayoría de la sociedad. Mi idea era hacer algo intimista, contar lo que siente una persona -cualquier persona- cuando está en un sitio al que le han llevado por la fuerza. La mili es una experiencia flipante, rarísima, y esa sensación de soledad, de extrañeza, era la que yo quería contar. Así que, cuando en el año 85 se prepara la revista Madriz, Felipe me encargó la serie. Es una serie con una factura gráfica tradicional, sin ese toque moderno que tenían la mayoría de las historietas de la revista, pero con un planteamiento que rompía con la manera estándar de plantear ese problema: pasaba de plantear como un problema social la mili a contarlo como una experiencia individual, intimista, con la vuelta de tuerca de que tampoco hay un personaje fijo. El soldado no tiene un nombre, no es el mismo en cada historia. O sea: una historieta intimista, pero sin personaje. La serie, además, es un viaje gráfico, va evolucionando de una forma natural, sin que yo me lo planteara, desde un grafismo muy tradicional hacia otro más expresionista y rompedor.
     Madriz, en su momento, fue una revista muy importante y acertó en sus planteamientos...pero el sueño de Madriz produjo monstruos. A raíz de su éxito, muchos ayuntamientos se dedicaron a sacar su revista de tebeos, generalmente con muchos medios pero muy pobres resultados. La Granada de papel también surgió aprovechando aquel momento, y aunque comparada con el resto no estaba nada mal, no llegó a cuajar como concepto de revista. Ahí seguí publicando otras historietas de corte intimista y seguí explorando una línea gráfica más brusca, más deformada y expresionista.
     En Madriz, después de la serie del soldado, hice "El Pirata": una historieta de siete páginas en las que estuve currando cuatro meses y medio. Yo siempre había hecho historias cotidianas, con adolescentes y gente corriente. Pero de pronto aquello se me acabó, no tenía nada que contar. Ya no me servía. ¡Me veía acabado! Estaba absolutamente desesperado, pasando una gran crisis...hasta que un día veo en mi cabeza la cara del pirata gritando. Me obsesioné con aquella imagen, me empeñé en hacer una historia de piratas, además me apetecía mucho intentar hacer una historieta de género. Después de darle muchas vueltas, el proyecto se concretó en una historia de siete páginas, sin palabras, en blanco y negro, en la que casi todas las perspectivas son en ojo de pez. Yo siempre he dicho, salvando todas las distancias, por supuesto, que El pirata es mi Ciudadano Kane, sólo que Orson Welles la hizo al principio de su carrera y yo la hice al final de una de mis carreras (risas). La relaciono con esa película por la obsesión por la profundidad de campo, por querer buscar esa "cuarta pared" que hay detrás y que nunca se ve...Me documenté muchísimo y me la curré tanto que mientras la dibujaba no paraba de preguntarme "y después de esto, ¿qué?". Esto, además, iba a ser una serie: después del pirata, pensaba hacer otras historietas sin palabras tocando todos los géneros...de romanos, del oeste...pero después de acabarla, será por mi incapacidad o porque acabé literalmente hasta el culo, ya no veía más que El pirata. No me veía haciendo más historietas en esa línea, creía haber llegado al límite. Además en esa época yo era muy radical, actuaba dando hachazos: yo quería ir rápido, tirar para adelante. Pero de aquel proyecto me quedaron montones de dibujos, historias y documentación que mucho después me sirvieron para otra línea de trabajo, unas narraciones gráficas que no son historietas y que yo llamo En una palabra.
     En el 84 me hice con el Mortadelo de Oro, premio que promovía Editorial Bruguera. Por un lado estaba en la modernidad con Madriz, y curiosamente fui premiado por Bruguera, representante del tebeo estándar. Estaba en todas partes y no cuajaba en ninguna. Bruguera me propuso trabajar para ellos pero me imponían unas condiciones tan tontas que les daba largas hasta que se aburrieron.

EL MANCHURRÓN
Cuando acabéEl pirata me parecía que toda esa etapa ya la tenía muy quemada. Por aquel entonces también se estaba muriendo mi padre, que es un dato importante; y entonces volví a ver lo que yo hacía en el año 77 y quise volver a hacer aquello, pero sumándole toda mi experiencia en la etapa del tebeo tradicional; dejé de dibujar con plumilla, cogí rotuladores gordos, finos, duros, blandos, de colores (nada de pinceles), y también me lanzo con el color. Lo primero que se edita de esta época (que yo llamo "del manchurrón" para que quede clara mi falta de pretensiones) es Pienso con mucha luz, en Madriz. En esta historieta, y en las que hago en esta época, desaparece la ambientación, la iluminación, los personajes y vuelvo a contar ideas y sensaciones. Y para eso lo único que me servía eran los manchurrones, porque no tenía nada que dibujar. Aunque distinto de lo que hacía a finales de los 70, me sentía como pez en el agua porque esta forma de contar me era muy familiar. Para no entrar en discusiones inútiles sobre si los trabajos de esa etapa eran o no historietas, yo digo que es un trabajo en el que yo ponía mis normas, y el lector que quiere entra, y el que no, pues no entra, y no pasa nada. Tiene relación con la historieta, pero yo no sé si los críticos lo verán como parte de la historieta española o no. Eso ya no es un problema mío, es de los críticos. Lo que sí sé es que eso es narración: yo estoy contando cosas no convencionales y de una forma no convencional, sin dibujos, pero estoy contando una cosa antes y otra después: hay momentos, hay una secuencia, y además las elijo yo con un sentido determinado. Hay narración. También en ese momento me interesaba muchísimo el lenguaje publicitario: en cierto modo, lo que yo buscaba era hacer publicidad de mis ideas.
     Iba a toda pastilla. Por ejemplo, yo quería publicar una historia de manchurrones en tres páginas impares consecutivas, o quería disponer de toda mi página sin que me impusieran una numeración determinada o una manera de poner el nombre del autor. Eran exigencias que a lo mejor pueden parecer exageradas, pero eran las que yo veía necesarias entonces, era una manera de reclamar todas las decisiones que afectaban a mi página y a mi trabajo. Pero ese tipo de exigencias chocaban con la publicación. Yo estaba tomando posturas muy radicales y finalmente dejé de publicar en Madriz.
     En La luna de Madrid se publicó Te lo digo como te lo digo. Me autoedité He visto tus pelos, sacamos un número de la revista ¡Zumba ya!, junto con Joaquín López Cruces, Carlos Hernández y Jacinto Gutiérrez, seguí haciendo ese tipo de manchurrones y otros experimentos con cartulinas recortadas, hasta que llegó un día que dije, otra vez...¡estoy acabado! Ya no podía más, aquello no me servía para nada, y encima estaba arruinado. El golpetazo fue tremendo, porque por un lado yo pensaba que había hecho algo interesante, pero veía que no me servía absolutamente para nada, no le interesaba a nadie, y también había tomado unas posturas tan radicales que ya no sabía ni dibujar; tuve que rechazar trabajos porque era incapaz de dibujar "tradicionalmente". Un poema.

ENTREPIERNAS
En el 89 me invento Entrepiernas. Todo empezó cuando el Patronato Municipal de Escuelas Infantiles de Granada me encargó un cartel. No se trataba de buscar niños para sus escuelas. Se trataba de decir a la ciudad: aquí estamos, trabajando con los niños de Granada. Yo ya había trabajado en temas de escuelas infantiles, había dibujado una y otra vez a los niños jugando dentro de la escuela. De pronto, ¡flash!, saco al niño a la calle y juego con esa sensación que tantas personas hemos tenido de ver a los pequeños vivir en un bosque de piernas. El cartel fue un éxito (me contaban que el alcalde de entonces decía que él quería vivir en un bosque de piernas). Me gustó la idea y empecé a dibujar unas tiras con niños y de fondo las piernas de los adultos. Aquello tenía gracia. De pronto, un punto entra en la viñeta dando saltos. Un niño lo ve y dice que es un bicho, que lo va a espachurrar. "¡No lo hagas!", le dice una niña, "¡es mi hermanito!". Había nacido Entrepiernas. La empecé como tira para prensa en blanco y negro (siempre tenía tres viñetas) y también me hice medias páginas a color. Lo moví por periódicos pero no colaba ni a tiros.
     Desde entonces hasta ahora, a pesar de que se ha publicado muy poco de Entrepiernas (en la revista Viñetas y en La pulga en Llamas) yo la he seguido por mi cuenta. Cada equis tiempo me da por Entrepiernas y me hago nuevas cosas... me gusta mucho. Lo he ido desarrollando desde mi casa como si existiese: me he inventado un marketing, una publicidad...es una especie de universo virtual que existe aunque nadie lo haya visto. Tiene además diversas posibilidades, muchas ramificaciones...en el universo "Entrepiernas" hay libros de tebeos, libros para niños, películas y series de animación, materiales pedagógicos, chistes sueltos...hay una subserie que es "Entreviñetas", otra subserie de sueños, otra que continúa la idea de "En una palabra"...Creo que con Entrepiernas he llegado a un momento en el que el vanguardismo y lo popular se unen; quizá en la época del Madriz, en la época de los manchurrones, yo me veía como un vanguardista: ser vanguardista significaba que yo tenía razón y los demás no. Pero ahora mismo no le veo sentido a hablar de esas diferencias.
     Otra serie que hice, y que ya he citado antes, fue En una palabra [1990]. Se trataba de coger la palabra que define un género, "oeste" por ejemplo, y transformar cada letra de esa palabra en una imagen del género en cuestión. Retomé la idea que tenía de hacer una serie sobre los géneros (el primer capítulo era el pirata) pero a estas alturas no veía nada claro inventarme una historia. Conté los géneros "En una palabra". Me hice tres entregas (oeste, romanos y piratas), las moví por distintos sitios pero a nadie le interesó. El color se lo daba con tramas de colores. Las recortaba con cúter y las pegaba en el sitio que le correspondía. Parecía como vestir a los muñecos. Cuando descubrí el año siguiente el programa FreeHand me quedé a cuadros... aquello me resultaba familiar y mucho más fácil.
     En el 91 empecé a hacer collages. Estaban ya inventados pero para mí fue un descubrimiento. Debo de tener unos trescientos. Algunos están reunidos en series: "Las nuevas aventuras del Capitán Trueno", "Flash Gordon le da al pincel", "Pero qué arte", "Sexos para qué os quiero", "Personalidades", "Cinco momentos con Hopper"... y tengo en cartera unas cuantas series más.

LO DIGITAL
A finales del 90 entra en casa el ordenador. Me costó un montón al principio acostumbrarme pero cuando le pillé el truquillo (haciendo Entrepiernas digitalmente: escaneo, vectorizado y color) me sacó de... por qué no decirlo, de la soledad y la incomunicación. El ordenata me dio nuevos bríos. Me conectó con el presente y con el futuro. Es muy importante que distintos profesionales que antes trabajaban cada uno con lo suyo, ahora se conecten porque utilizan el mismo instrumento de trabajo. Mis historietas, escaneadas y luego vectorizadas, interesaban y llegaban a personas que no hacen tebeos pero que también curran con FreeHand y otros programas.
     En el 92 saco La tapadera. Aparte de mis dibujos y textos, estaban también Carlos Hernández y Ozeluí. La revista era un formato A3 doblado en plan acordeón y vuelto a doblar de tal manera que te cabía en el bolsillo del vaquero. Era un pelotazo. Entonces todo eran A4 verticales, por lo menos lo que yo veía en Granada y por ahí. Iba a dos tintas y me la hacía en FreeHand. Era flipante volver a casa a las tantas de la noche con alguna idea para la revista, encenderte el ordenador y hacerla directamente en el archivo de la revista. ¡Viva el dígito!

ANIMACIÓN
A partir del 93 le hago a Inma Rodríguez los guiones y los storys de sus cortos de animación con plastilina: desde cosas en super 8, producidas por Inma en plan casero, hasta lo último que se ha hecho (en el 2000) en 35 mm. ya producido muy bien por La Mirada. Hacía los storys como podía. Fue trabajando en la serie para TV de Cuttlas [Valencia, 1996] donde se despejaron mis dudas y aprendí a hacer un story para animación. La misma productora de Cuttlas me produjo el corto Entrepiernas [1996], que era también el piloto para una serie de TV. Desde entonces muevo el proyecto y voy haciendo guiones, storys y distintas aplicaciones del mundo de Entrepiernas. Ahora estamos en la moda de lo borde, y por eso es difícil que interese un producto como el mío, que no encaja para nada en esa moda. Ojo, que no estoy poniendo ninguna pega moral, le pongo pegas a la norma, que me aburre. En general Entrepiernas gusta a todo el mundo, no molesta a nadie, no hay palabrotas, los niños y las niñas se comportan indistintamente... sé que puede parecer soso, porque he huido siempre de contar la típica historia que se cuenta en todas las series: la de la redención. En todas las series, hasta en Los Simpson, a los personajes les pasa algo y se redimen al final. En mi serie no hay nada, no hay moral, no hay hombres ni mujeres, no hay personajes fijos, no hay conflictos... a mis personajes les pasan cosas pero no se redimen. ¡Y eso no vende!

AHORA MISMO
De cara al público, en el 2000 saqué algunas cosas. La pulga en llamas [editado por La Factoría de Ideas] es un comic-bock con cosas de Nicolás, Ozeluí, Chema García y mías. A través de Álvarez Rabo conocí a Miguel Ángel [Álvarez], el editor de la Factoría, y quedamos en que se podía editar algo; coincidió también que Chema y Ozeluí volvían calientes del Salón de Barcelona, con muchas ganas de sacar algo juntos...así que preparamos un comic-book con cosas nuestras y de Nicolás, se lo presentamos a La Factoría y le interesó. Ha sido muy agradable volver a publicar una revista. En La Pulga saco historietillas hechas con una factura muy rápida, cosas cortitas y con un aspecto muy suelto. También saco algunos collages. La verdad es que no abandono la idea de hacer algún día una historieta larga, me encantaría hacer algo ambientado en Granada, pero pertenezco a una generación que nunca hemos hecho historias largas; mis historias siempre han sido cortas porque era lo que me salía de forma natural y porque nunca se me ocurrían guiones para historias largas, pero me encantaría encontrar un guionista con el que pudiera sintonizar para hacer una historieta larga.
     Otra cosa que he sacado es La historieta al alcance tus ojos. Desde el 79 doy cursos sobre el lenguaje de la historieta. Me he devanado los sesos para explicarme a mí mismo y a los demás los recursos gráficos y narrativos de este medio. A lo largo de 20 años he ido puliendo el asunto, y tenía ganas desde hace tiempo de convertir aquellas clases en un manual. Después de varios intentos consigo hacerlo por fin este año y, gracias a las facilidades de Gráficas Granada, sacar 500 ejemplares para darlo a conocer. Hay un montón de libros y manuales sobre el tema. En todos los que he leído hay cosas muy interesantes, pero mi manual es un método, un orden asequible para todo el mundo, entendidos o no. Y sobre todo es entendible, no me hago pajas mentales y voy al grano comentando exclusivamente lo que ven nuestros ojos.
     Cuando hago este manual o doy clases sobre tebeos no lo hago para quien se quiera dedicar a esto (que también). En un sitio me dijeron que "cursos de tebeos, no, porque ya no se hacen tebeos". Es cierto. Este medio no da de comer a sus profesionales como antes que más de uno vivía de esto. Pero ahora tampoco se hacen ermitas románicas y se estudian con lupa, cosa que me parece muy bien. Si se quiere entender el siglo XX no se puede ignorar la historieta. Aparte de que muchas cosas que digo sobre la historieta valen para cualquier medio del lenguaje visual.
     También doy clases sobre publicidad, tema que me interesa mucho, maquetación de revistas, sobre storys... a la pedagogía del lenguaje visual le he dedicado mucho tiempo y me tira mucho.
     Lo último mío que ha salido es el libro de Don Pablito, que se editó en el Expocómic de Madrid del 2001, coincidiendo con una exposición mini-retrospectiva mía, y con el que se pretende inaugurar una colección de tebeos del salón madrileño. En realidad es la recuperación de un librito que yo me había autoeditado de manera totalmente artesanal hacía unos cuantos años, con una tirada muy pequeña y que, por supuesto, está más que agotado y mucha gente no llegó a conocer.
     Lo cierto es que ahora mismo estoy volcando casi todas mis ganas y mis energías en mi página web. La web me da la posibilidad de hacer público un trabajo que de otra manera se me quedaría guardado en los cajones, y además en un lugar donde en teoría puede ser visto por un público inmenso. De momento voy metiendo todo lo que me apetece y la voy cambiando y actualizando continuamente; hay trabajos ya hechos hace tiempo, publicados o no, y trabajos nuevos...hay tebeos, textos, collages, trabajos publicitarios...un montón de cosas que me van sirviendo, además de para mostrar mis trabajos, como propia herramienta de aprendizaje. La página va creciendo al tiempo que yo me voy ejercitando y aprendiendo. La verdad es que ahora mismo es, sobre todo, una válvula de escape cojonuda, y con el tiempo espero poder cargar trabajos pensados expresamente para la web, aprovechando sus posibilidades específicas.
Yo nunca he abandonado el tebeo. Para mi la historieta es algo personal y transferible, nunca ha sido un medio de vida, a mi pesar, tampoco he sido un profesional del medio, también a mi pesar, pero por eso mismo mi relación con la historieta ha sido siempre muy íntima, y realmente en la historieta es donde yo aprendí a ver y a trabajar con un montón de elementos, porque aquí tú te lo tienes que currar todo: encuadres, iluminación, movimientos de cámara... ese aprendizaje lo he seguido desarrollando luego en otros lenguajes que también me interesan, como la publicidad, la animación...
     En fin, yo siempre digo que nunca pasaré a la historia, pasaré a la historieta.

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(*) Enrique Bonet (Málaga, 1966) fue una de las firmas habituales de la revista U, el hijo de Urich, y es también autor de historietas, casi siempre humorísticas. En 2009 ha publicado el álbum El juego de la luna, realizado junto a José Luis Munuera.

Texto de Enrique Bonet, cedido para Guía del cómic. Publicado originalmente en U, el hijo de Urich #24 (junio de 2002), pgs. 70-79. La versión publicada en Guía del Cómic es ligeramente diferente a la publicada en papel, que fue editada algo más. Página creada en marzo de 2010. Actualizada en septiembre de 2010 con la portada y enlace de 'Don Pablito'.